sábado 14 de marzo de 2009

Sobre Arrio y Concilios (Voltaire)

Esta es otra publicación preliminar al estudio que estoy preparando: paciencia…

Este filósofo francés que vivió en el siglo XVII y XVIII (1694-1778), no sólo se destacó como pensador, escritor en varios géneros, sino como de alguna manera buen historiador. No cabe duda que, de acuerdo a la época en que vivió y en la que se desarrolló la “Ilustración”, este personaje estuvo muy bien preparado culturalmente en sus estudios, independientemente esto de sus locos pensamientos y opiniones irónicas que lo identifican como un revelde junto a Rousseau.

Ahora publico un extracto sobre el arrianismo y una cronología sobre los concilios cristianos católicos del filósofo. Pero también hago una interpolación de un dato para completar el texto de Voltaire.

Si uno tiene sed de saber qué ha pasado durante el transcurso del tiempo en la religión, los avatares de la fe, los sinsentidos de las sentencias supuestamente “reveladas” de lo alto, bien le vendrá leer este texto…

Imaginen cuando lean, sobre todo la parte de los concilios, el rostro del Mesías ante esos sucesos que dan vergüenza ajena.. Y lo que no se detalla allí, las disputas protestantes, imaginen más de lo mismo.

En cuanto al tema en cuestión, la trinidad o biunidad, por más que se utilicen formas de razonamiento o silogismo válidas, no se puede dudar que se si se parte de premisas falsas, la conclusión debe ser necesariamente falsa. Alguno quizás objete que en la fe eso no es posible; pero así uno queda expuesto a creer por fe cualquier cosa que le enseñen sin razonarlo, y quedar de esa manera expuesto a engaños enmascarados como falsas verdades absolutas inspiradas.


ARRIO (por Voltaire)

A Arrio todavía se le atribuye el honor de ser el inventor de su doctrina, como Calvino pasa por ser el fundador del calvinismo. La vanidad de ser conquistador es la primera vanidad del mundo, y la de jefe de secta, la segunda. Sin embargo, ni Calvino, ni Arrio, pueden jactarse de la triste gloria de su invención.

Hacía tiempo que se había discutido sobre la Trinidad cuando Arrio se inmiscuyó en la polémica en la inquieta ciudad de Alejandría, donde Euclides no pudo apaciguar los espíritus. Jamás hubo pueblo tan frívolo como el de Alejandría, ni siquiera el de París.

Debió disputar acaloradamente sobre el misterio de la Trinidad, porque el patriarca que escribió Crónica de Alejandría, que se halla en Oxford, asegura que dos mil reverendos padres defendían el partido que Arrio abrazó.

He aquí una cuestión incomprensible, que desde hace mil seiscientos años está suscitando la curiosidad, la sutilidad sofística, el espíritu de cábala, el ansia de dominar, la rabia de perseguir, el ciego y sanguinario fanatismo y la credulidad bárbara, que causó más horrores que la ambición de los reyes, a pesar de los muchos que ésta ocasionó. ¿Jesús es el verbo? Y si es el verbo, ¿emanó de Dios con el tiempo o antes del tiempo? Si emanó de Dios, ¿es su coetáneo y su consustancial, o sólo una sustancia semejante? ¿Es distinto El o no lo es? ¿Fue creado o engendrado? ¿Puede engendrar también? ¿Tiene la paternidad o la virtud productiva sin tener la paternidad? ¿El Espíritu Santo fue creado, engendrado o producido? ¿Procede del Padre, del Hijo o procede de los dos? ¿Puede engendrar, puede producir? ¿Su hipóstasis es consustancial con la hipóstasis del Padre y del Hijo? ¿Cómo teniendo precisamente la misma naturaleza, la misma esencia que el Padre y el Hijo, no puede hacer las mismas cosas que esas dos personas que son lo mismo que El?

Transcribiremos aquí, para comodidad del lector, lo que dice de Arrio un pequeño libro, que no es fácil conseguir:

«Estas cuestiones, superiores a la razón humana, debía decidirlas la Iglesia Infalible. Se prodigaron muchos raciocinios y sofismas; se enfurecían, se odiaban y se excomulgaban unos cristianos a otros por alguno de esos dogmas que son inaccesibles para el espíritu humano antes de la época de Arrio y de Atanasio. Los griegos y egipcios eran hábiles polemistas, pero Alejandro, obispo de Alejandría, se apresura a sentar como doctrina que siendo Dios necesariamente individual, mónada, en toda la extensión de la palabra, constituye una mónada triple. El sacerdote Arrio se escandaliza de la mónada que proclama Alejandro y explica el misterio de modo diferente; expone los mismos argumentos que el sacerdote Sabelio, quien había argumentado como Praxeas y Frigio. Alejandro reúne a continuación un Concilio poco numeroso de padres que participaban de su opinión y excomulgan a Arrio. Entonces, Eusebio, obispo de Nicomedia, abraza el partido de Arrio y se encarniza la lucha religiosa.»

Confieso que el emperador Constantino era un malvado, un criminal que ahogó a su mujer mientras se bañaba, degolló a su hijo y asesinó a su suegro, su cuñado y su sobrino; confieso también que era un hombre henchido de orgullo y dado a los placeres excesivos, un detestable tirano. pero reconozco que tenía buen sentido. No se escala el imperio, ni se subyuga a los rivales por casualidad. Cuando vio encendida la guerra civil en las mentes escolásticas envió al campo de batalla al célebre obispo Ozius con cartas persuasivas para los dos bandos beligerantes. En una de ellas decía: "Sois unos locos de atar, porque disputáis sobre cosas que no entendéis; es indigno de la gravedad de vuestro ministerio levantar tanto revuelo por un asunto tan insignificante".»

Constantino no tenía como asunto insignificante ocuparse de la Divinidad, sino la manera incomprensible de esforzarse en explicar la naturaleza de la Divinidad. El patriarca árabe que escribió Historia de la Iglesia de Alejandría dice también que habló Ozius, poco más o menos en ese tono al presentar la carta del emperador. He aquí lo que dijo: «Hermanos míos, cuando el cristianismo empieza a vivir en paz le queréis enzarzar en una discordia eterna. El emperador tiene razón para deciros que disputáis por un asunto insignificante. Si el objeto de vuestra disputa fuera esencial, Jesucristo, a quien todos reconocemos como nuestro legislador. se habría ocupado de ello; Dios no hubiera enviado su hijo al mundo para enseñarnos sólo el catecismo. Todo lo que él nos ha dicho expresamente es obra de los hombres y está sujeto a los errores humanos.

Jesús recomendó que os amarais unos a otros, y le desobedecéis odiándoos y atizando la discordia en el imperio. Únicamente el orgullo nutre vuestra interminable disputa, y Jesús, vuestro señor, os mandó que fuerais humildes. Ninguno de vosotros puede saber si Jesús fue creado o engendrado y, ¿qué os importa su naturaleza, si a la vuestra le corresponde ser justos y razonables? ¿Qué tiene en común esa vana ciencia de palabras con la moral que debe dirigir vuestros actos? Recargáis la doctrina con misterios, cuando fuisteis nacidos para fortalecer la religión con la virtud. ¿Pretendéis acaso que la religión cristiana sea un hatajo de sofismas? ¿Para eso vino al mundo Jesucristo? Hora es ya que cesen vuestras discusiones, adorad a Dios humillaos ante El, dad limosnas a los pobres y poned paz en las familias en vez de escandalizar el imperio con vuestras discordias». Así habló Ozius a los espíritus tercos. Se reunió un Concilio en Nicea y provocó una guerra civil espiritual en el Imperio romano. Esa guerra trajo otras, y de siglo en siglo unos sectarios religiosos persiguieron a otros hasta nuestros días».

Lo más triste es que la persecución empezó así que hubo terminado el referido Concilio, y al empezar Constantino no sabía qué partido tomar ni a quién perseguir. Constantino no era cristiano, aunque se encontraba a la cabeza de ellos, porque el bautismo era lo único que constituía entonces el cristianismo y a él no lo bautizaron. Además, acababa de ordenar la reedificación del templo de la Concordia en Roma. Indudablemente, le era indiferente que Alejandro, Eusebio o el sacerdote Arrio, tuvieran o no razón. Por la carta que acabamos de citar se comprende con claridad que menospreciaba la enconada controversia.

Acaeció entonces lo que nunca se ha visto ni se verá jamás en ninguna corte. Los enemigos de los que después se llamaron arrianos acusaron a Eusebio de haber perseguido en tiempos pasados al partido que acaudillaba Licinio contra el emperador. «Tengo pruebas de ello —dijo Constantino en una carta— y me las han proporcionado los sacerdotes y los diáconos de su séquito, que he atrapado.»

Así, pues, desde que se celebró el primer gran Concilio la intriga y la persecución quedaron establecidas con el dogma. Constantino concedió las prebendas de las capillas de quienes no creían en la consustancialidad a los que creían en ella, confiscó los bienes de los disidentes en provecho suyo y abusó de su poder desterrando a Arrio y sus partidarios, que eran entonces los más débiles. Dícese también que sentenció a muerte a todo el que tuviera las obras de Arrio y no las quemara, pero esto no es cierto. Constantino, aunque se complacía en derramar sangre humana, no llevó su crueldad hasta el extremo de que sus verdugos asesinaran a los que poseyeran libros heréticos, mientras él dejaba con vida al hereje.

Pero como en el mundo todo cambia rápidamente, varios obispos arrianos vergonzantes, algunos eunucos y no pocas mujeres, intercedieron ante el emperador para que perdonara a Arrio y obtuvieron que revocara la orden de su destierro. En tiempos modernos hemos visto lo mismo muchas veces.

El célebre Eusebio, obispo de Cesárea, conocido por sus obras, escritas con poco discernimiento, acusaba obstinadamente a Eustaquio, obispo de Antioquía, de ser sabelino, y éste acusaba a aquél de ser arriano. En el Concilio de Antioquía salió triunfante Eusebio. Depusieron a Eustaquio y ofrecieron el obispado de Antioquía a Eusebio, pero éste no lo aceptó. Los dos partidos se enfrentaron y aquí comenzaron las guerras de controversia. Constantino, que desterró a Arrio por no creer que el Hijo era consustancial, desterró entonces a Eustaquio por creerlo. Son contrasentidos normales en la historia.

San Atanasio, por aquel entonces obispo de Alejandría, se negaba a admitir en dicha ciudad a Arrio, enviado por el emperador, diciendo «que Arrio estaba excomulgado y un excomulgado no debía tener casa ni patria no podía comer ni dormir en ninguna parte, y que él prefería obedecer a Dios a obedecer a los hombres». Se celebró a continuación un Concilio en Tiro en el que los padres depusieron a Atanasio, y éste fue desterrado a Trebes por el emperador. De modo que, primero Arrio y después Atanasio, su encarnizado enemigo, fueron castigados por un hombre que ni siquiera era cristiano.

Los dos partidos recurrían al artificio, al fraude y a la calumnia, siguiendo una antigua y eterna costumbre. Constantino les dejó disputar y que se cubrieran de injurias recíprocamente. Tenía asuntos más graves de que ocuparse. Por esa época fue cuando el buen príncipe hizo asesinar a su hijo, su esposa y a su sobrino Licinio, que apenas había cumplido doce años y era la esperanza del imperio.

El partido de Arrio quedó victorioso durante el reinado de Constantino. El partido contrario tuvo la vileza de escribir que el día de san Macario, uno de los más ardientes partidarios de Atanasio, sabiendo que Arrio se dirigía a la sede de Constantinopla acompañado de muchísimos seguidores, pidió con tanto fervor que confundiera a dicho hereje que Dios atendió su ruego y en el acto las tripas de Arrio le salieron por el ano, cosa imposible. Pero, en fin, Arrio murió.

Constantino falleció al año siguiente, en 337 de la era cristiana, créese que a consecuencia de la lepra. El emperador Juliano, en su obra Césares, dice que el bautismo que recibió Constantino horas antes de morir, no cura a nadie de la enfermedad que le llevó a la tumba. Como sus hijos reinaron cuando él murió, la adulación de los pueblos romanos, entonces esclavos, llegó al extremo de que quienes profesaban la nueva religión le tuvieron por santo. Durante mucho tiempo se celebró su fiesta junto con la de su madre.

A su muerte, las perturbaciones que había promovido la palabra consustancial agitaron el imperio con mayor violencia. Constancio, hijo y sucesor de Constantino, fue tan cruel como su padre y como él celebró un Concilio. Estos Concilios se anatematizaban mutuamente. Atanasio recorrió Europa y Asia para sostener su partido, pero los seguidores de Eusebio ganaron la partida. Los destierros, encarcelamientos, tumultos y asesinatos marcaron el fin del reinado de Constancio. El emperador Juliano, enemigo de la Iglesia, hizo cuanto pudo para restablecer la paz, pero no lo consiguió. Joviano y luego Valentiniano otorgaron entera libertad de conciencia, que los dos partidos, encarnizados enemigos, sólo aprovecharon para extremar su odio y su furor.

Teodosio se puso de parte del Concilio de Nicea, pero la emperatriz Justina, que reinaba en Italia, Iliria y Africa, como tutora del joven Valentiniano, proscribió aquel Concilio. Inmediatamente, los godos, vándalos y borgoñones, que se lanzaron sobre muchas provincias, al encontrar en ellas el arrianismo lo adoptaron para gobernar los pueblos conquistados.

Los godos, por el contrario, siguieron la doctrina del Concilio de Nicea. Clovis, que fue su vencedor, se adhirió a ella. En Italia, el gran Teodorico mantuvo la paz entre los dos partidos. Por fin, la doctrina del Concilio de Nicea prevaleció en Oriente y Occidente.

El arrianismo reapareció a mediados del siglo XVI, aprovechando la ocasión que le brindaban las controversias religiosas que se agitaban entonces en Europa. Pero reapareció armado con una nueva fuerza y con extraordinaria incredulidad. Cuarenta caballeros de Vicenza fundaron una academia en la que aprobaron los únicos dogmas que creyeron indispensables para ser cristianos. Reconocieron a Jesucristo como verbo, salvador y juez, pero negaron su divinidad, consustancialidad y rechazaron la Trinidad.

Los principales fundadores de esa academia fueron Lelins, Socin Ochin, Paruta y Gentilis. Miguel Servet se les agregó. Sabida es la desgraciada disputa que tuvieron con Calvino. Servet fue lo bastante imprudente para pasar por Ginebra en su viaje a Alemania, y Calvino fue lo suficientemente cobarde para hacer que le prendieran y bastante bárbaro para hacer que le condenaran a ser quemado a fuego lento, es decir, el mismo suplicio que pudo evitar Calvino huyendo de Francia. Así, casi todos los teólogos de entonces fueron sucesivamente perseguidores y perseguidos, verdugos y víctimas.

[Complemento de mi parte]

De Servet a Calvino:

"Como eres de opinión — escríbele espantado a Calvino, — de que soy un Satán para ti, pongo punto final. Devuélveme mi manuscrito y consérvate bueno. Pero si crees sinceramente que el Papa es el Anticristo, tienes también que estar convencido de que la Trinidad y el bautizo de los niños, que constituyen una parte de la doctrina pontificia, son un dogma demoníaco." (STEFAN ZWEIG, CASTALION CONTRA CALVINO, EN TORNO A LA HOGUERA DE SERVET)

“Posiblemente mientras iba rumbo a Italia, por alguna razón Servet acaba haciendo una estancia en Ginebra, donde fue reconocido en la iglesia donde predicaba el propio Calvino (13 de agosto). Tras ser detenido y juzgado por hereje (por su negación de la Trinidad y por su defensa del bautismo a la edad adulta), fue condenado a morir en la hoguera (26 de octubre de 1553).

La sentencia dictada en su contra por el Consejo (Petit Counseil) de Ginebra dice:

Contra Miguel Servet del Reino de Aragón, en España: Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes.

Por estas y otras razones te condenamos, M. Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e Impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo.

El día siguiente, 27 de octubre de 1553, Miguel Servet muere en la hoguera.

Independientemente de la importancia de sus descubrimientos fisiológicos o de su labor como polemista religioso, la figura de Miguel Servet se distingue como mártir de la libertad de pensamiento y de expresión de las ideas, cualesquiera que éstas fuesen, en abierto desafío a cualquiera que quisiese coartarla. Las Iglesias Unitarias consideran a Servet su pionero y primer mártir.”

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Servet

El propio Calvino exigió en Ginebra la muerte de Gentilis y halló cinco abogados que firmaron la petición para que le condenaran a morir en la hoguera. Estos horrores son dignos de un siglo abominable. Gentilis, que esperaba en la cárcel morir en la hoguera como el español Servet se retractó de la doctrina que había difundido, halagó a Calvino con ridículos elogios y se salvó de morir asado. Pero quiso su desgracia que poco tiempo después, por enemistarse con un bailío del cantón de Berna, le prendieran por arriano. Varios testigos declararon que había afirmado que las palabras Trinidad, esencia, hipóstasis no figuraban en la Sagrada Escritura, y por esta declaración, sin más pruebas, los jueces, que no sabían mejor que él lo que era una hipóstasis, le sentenciaron a perder la cabeza.

Fausto Socin, sobrino de Lelins, y sus compañeros tuvieron mejor suerte en Alemania. Penetraron en Silesia y Polonia, donde fundaron iglesias, escribieron, predicaron y consiguieron lo que se proponían, pero con el tiempo, como su religión carecía de misterios y era una apacible secta filosófica más que una secta militante, fueron perdiendo sus partidarios. Los jesuitas, más famosos que ellos, los persiguieron y los disgregaron.

Los restos de esa secta, que subsiste en Polonia, Alemania y Holanda permanecen silenciosos y tranquilos. Reaparecida en Inglaterra con gran fuerza levantó un gran revuelo. El gran Newton y Locke se afiliaron a ella, j Samuel Clarke, párroco de Saint James, autor de un excelente libro sobre la existencia de Dios, declaró a voz en grito que era arriano y consiguió varios discípulos. El día que se recitaba en la iglesia parroquial el símbolo de san Atanasio, no se presentaba. En esta obra verá el lector las sutilezas de que se valieron estos teólogos tercos, más filósofos que cristianos, para oponerse a la fe católica.

Aunque en Londres hubo muchos partidarios de Arrio entre los teólogos, las profundas verdades matemáticas que descubrió Newton y la sabia metafísica de Locke atrajeron más la atención del público. Los filósofos encontraron bizantinas las disputas sobre la consustancialidad. En Inglaterra, a Newton le sucedió lo mismo que a Corneille en Francia de quien quedaron olvidados Pertharite, Thedore y su colección de versos para ocuparse todo el mundo de la tragedia Cinna. Se consideró a Newton como el intérprete de Dios en el cálculo de las reflexiones, las leyes de la gravitación y la naturaleza de la luz, no como un teólogo. Cuando murió, los pares y el canciller del reino le dieron sepultura al lado de los reyes y fue más reverenciado que éstos. Servet, que descubrió la circulación de la sangre, tuvo menos suerte y murió quemado a fuego lento en Allobroges, condenado por un teólogo de Picardía.

CONCILIOS (por Voltaire)

Asamblea de eclesiásticos convocada para resolver dudas o cuestiones sobre extremos de fe y disciplina.

Todos los concilios son infalibles, sin duda; puesto que están compuestos de hombres. Es imposible que jamás reinen en estas asambleas las pasiones, las intrigas, el espíritu de controversia, el odio, los celos los prejuicios y la ignorancia.

Pero –se dirá-, ¿por qué tantos concilios se han opuestos unos a otros? Es para ejercitar nuestra fe. Cada uno, en su tiempo, ha tenido razón.

Entre los católicos romanos, sólo se da crédito a los concilios aprobados en el Vaticano, y entre los católicos griegos, sólo se da crédito a los aprobados en Constantinopla. Los protestantes se ríen de unos y otros; así pues, todo el mundo debe estar contento.

Hablaremos sólo de los grandes concilios, ya que los pequeños no merecen la pena.

El primero es el de Nicea. Se reunió en el 325 de nuestra era, después de que Constantino hubiera escrito y enviado a través de Osio esta bella carta al clero, algo alborotador, de Alejandría: “Reñís por un asunto verdaderamente nimio. Estas sutilezas son indignas de personas razonables.” Se trataba de saber si Jesús era creado o increado. Y esto no afecta en nada la moral, que es lo esencial. Porque Jesús haya existido en el tiempo o antes del tiempo, no es menos necesario comportarse como un hombre de bien. Después de no pocos altercados, se decidió, al fin, que el Hijo era tan antiguo como el Padre, y consustancial al Padre. Esta decisión no se comprende, pero no por ello es menos sublime. Diecisiete obispos protestan contra el veredicto, y una antigua crónica de Alejandría, conservada en Oxford, dice que dos mil sacerdotes también protestaron; pero los prelados no hacen gran caso a los simples sacerdotes, que son, por lo general, pobres. Sea lo que sea, no se trató de la Trinidad en el primer concilio. La fórmula es: “Creemos que Jesús es consustancial al Padre, Dios de Dios, Luz de luz, engendrado y no creado; creemos también en el Espíritu Santo.” Hay que confesar que el Espíritu Santo fue tratado con bastante desenfado.

En el suplemento del concilio de Nicea se cuenta que los padres, encontrando grandes dificultades en saber cuáles eran los libros crifos o apócrifos del Antiguo y Nuevo Testamento, los pusieron todos en desorden sobre un altar, y los libros de los que había que prescindir cayeron por tierra. Es una pena que esta bella receta se haya perdido en nuestros días.

Después del concilio de Nicea compuesto de trescientos diecisiete obispos infalibles, se reunió otro en Rímini, y el número de los infalibles fue esta vez de cuatrocientos, sin contar un gran destacamento en Seleucia de, aproximadamente, doscientos. Estos seiscientos obispos, después de cuatro meses de discusión, privaron por unanimidad a Jesús de su consustancialidad. Se le ha devuelto después, excepción hecha de los socinianos. Así todo va bien.

Uno de los grandes concilios fue el de Efeso, en el 431. El obispo de Constantinopla, Nestorio, gran perseguidor de herejes, fue, a su vez, condenado como hereje, por haber sostenido que, en verdad, Jesús era Dios, pero que su madre no era, en absoluto, madre de Dios, sino madre de Jesús. Fue San Cirilo quien condenó a Nestorio; pero también los partidarios de Nestorio hicieron destituir a San Cirilo en el mismo concilio: lo que puso en un compromiso al Espíritu Santo.

Notad aquí muy cuidadosamente, lector, que el evangelio no ha dicho nunca ni una sola palabra, ni de la consustancialidad del Verbo, ni del honor que tuvo María de ser la madre de Dios, como tampoco de las otras discusiones que ocacionaron la reunión de los concilios infalibles.

Eutiques era un monje que había clamado mucho contra Nestorio, cuya herejía sólo llegaba a suponer dos personas en Jesús: lo que es espantoso. El monje, para contradecir mejor a su adversario, asegura que Jesús no tenía más que una naturaleza. Un tal Flaviano, obispo de Constantinopla, sostuvo que era absolutamente necesario que en Jesús hubiera dos naturalezas. Se reúne un numeroso concilio en Efeso en el 419, y se desarrolla a palos, como el pequeño concilio de Cirta, en el 335, y cierta conferencia en Cartago. La naturaleza sostenida por Flaviano fue hecha pedazos a golpes y se asignaron dos naturalezas a Jesús. En el concilio de Calcedonia, en el 451, se redujo a Jesús a una sola naturaleza.

Paso por alto los concilios reunidos para menudencias, y voy al sexto concilio general de Constantinopla reunido para saber con certeza si Jesús, teniendo sólo una naturaleza, tenía dos voluntades. Uno se da cuenta de la importancia que esto puede tener para agradar a Dios.

Constantino el barbudo convocó este concilio, como los emperadores precedentes habían convocado los otros: los legados del obispo de Roma ocuparon la izquierda; los patriarcas de Constantinopla y Antioquía ocuparon la derecha. No sé si en Roma los caudatarios pretenden que la izquierda es el sitio de honor. Sea lo que sea, Jesús, de este hecho, obtuvo dos voluntades. La ley mosaica había prohibido las imágenes. Los pintores y los escultores no hicieron nunca fortuna entre los judíos. No se sabe que Jesús tuviera jamás cuadros, exceptuando quizás el de María, pintado por Lucas. Pero, en fin, Jesucristo no recomienda en ninguna parte que se adore a las imágenes. Sin embargo, los cristianos las adoraron a finales del siglo IV, cuando se familiarizaron con las Bellas Artes. Se llevó tan lejos el abuso en el siglo VIII que Constantino Coprónimo reunió en Constantinopla un concilio de trescientos veinte obispos, que anatemizó el culto de las imágenes e incluso lo consideró idolatría.

La emperatriz Irene, la misma que después hizo arrancar los ojos a su hijo, convocó el segundo concilio de Nicea en el 787, en él se restableció el culto a las imágenes. Se quiere hoy justificar este concilio, diciendo que este culto era de dulía [“de D.”], y no de latría [“de divinidad”].

Pero, sea de latría, sea de dulía, Carlomagno, en el 794, hizo convocar en Francfort otro concilio que se consideró al segundo de Nicea como idolatría. El papa Adriano I envió allí dos legados y no lo convocó.

El primer gran concilio convocado por un papa fue el primero de Letrán, en 1139. Asistieron alrededor de mil obispos, pero en él no se hizo casi nada, sino anatemizar a los que decían que la Iglesia era demasiado rica.

Otro concilio de Letrán, 1179, convocado por el papa Alejandro III, en el que los cardenales por primeras vez se antepusieron a los obispos; sólo se trató de disciplina.

Otro gran concilio de Letrán, en 1215. En él el papa Inocencio III despojó al conde de Toulouse de todos sus bienes, en virtud de excomunión. Es el primer concilio en el que se habló de la transustación.

En 1245, concilio general de Lyon, por entonces ciudad imperial, en la que el papa Inocencio IV excomulgó al emperador Federico II y, por consiguiente, le depuso y le prohibió el fuego y el agua: fue en este concilio donde se le dio a los cardenales un sombrero rojo para hacerles recordar que es necesario bañarse en la sangre de los partidarios del emperador. Este concilio fue la causa de la destrucción de la casa de Suavia y de treinta años de anarquía en Italia y Alemania.

Concilio general de Vienne, en el Delfinado, en el 1311, donde se abolió la orden de los templarios, cuyos miembros principales habían sido condenados al más horrible suplicio bajo las acusaciones menos probadas.

En 1414, el gran concilio de Constanza, donde se contentaron con deponer al papa Juan XXIII, convicto de mil crímenes y se quemó a Juan Huss y a Jerónimo de Praga, por haber sido obstinados, ya que la obstinación es un crimen mucho mayor que el asesinato, el rapto, la simonía y la sodomía.

En 1431, el gran concilio de Bale, no reconocido en Roma porque en él se depuso al papa Eugenio IV, que no se dejó deponer.

Los romanos cuentan como concilio general el quinto concilio de Letrán, en 1512, convocado contra Luis XII, rey de Francia, por el papa Julio II; pero por la muerte de este papa guerrero, el concilio quedó en el aire.

Finalmente, tenemos el gran concilio de Trento, que no es aceptado en Francia a causa de la disciplina; pero su dogma es incontestable, ya que el Espíritu Santo llegaba de Roma a Trento todas las semanas en un baúl del correo, como dice fray Paolo Sarpi; pero fra Paolo Sarpi casi rayaba en la herejía.

El Concilio de Trento, que convocó el papa Pablo III en 1537, se reunió primero en Mantua, luego en Trento (1545), y terminó en 1563 durante el papado de Pío IV; no sirvió para atraerse a los enemigos del papismo ni para subyugarlos. Los decretos sobre la disciplina no se admitieron en casi ningún país católico ni produjeron otro efecto que justificar las palabras de san Gregorio Nacianceno: “No sé de ningún Concilio que obtuviera buen resultado y no sirviera para aumentar los males más que curarlos. El afán de la controversia y la ambición van más allá de lo que debían en esas asambleas de obispos.”

Existe en el Vaticano un magnífico cuadro que contiene la lista de los concilios generales, en el que figuran los que aprobó la curia de Roma. Cada uno pone en sus archivos lo que quiere.